Jamie Oliver se decide a realizar el viaje a Italia, a parte de por los obvios motivos laborales / comerciales, presuntamente animado a través de un professor italiano de cocina que tuvo en la escuela. Se siente atraído principalmente por los buenos hábitos alimenticios, y por el consumo equilibrado, a base de alimentos frescos que se da en todos los àmbitos. De esta forma, su cruzada por la buena alimentación que intenta transmitir en su programa, le llevará a visitar las comidas de la calle, de las famílias, de la escuela…
Jamie, cuyo uso desenfadado y creativo de los alimentos le es característico, paradójicamente descubre una sociedad bastante cerrada, la italiana, que le frustra una vez tras otra, cada intento de sorprenderles con nuevas reinterpretaciones de sus recetas autóctonas. A mediados de la serie, éste se ve obligado a irse limitando a ejecutar tales recetas de forma tradicional, a expensas de su creatividad, y con el fin de cessar la críticas que va recibiendo. También se encuentra con el cliché de la inigualable calidad de la cocina de las mamas. Tópico identitàrio, que quién sabe si habrá servido a la a veces retrograda sociedad masculina italiana, para mantener a la mujer apartada de los ámbitos de decisión. Sólo debemos recordar la opinión que lanzó Berlusconi a principios de este curso, sobre una ministra de su propio partido.
Esa visión ultra tradicionalista, se va descubriendo y verificando a lo largo de toda la série, pero es en el capitulo final, cuando en la última cena con todas las gentes que ha ido conociendo, decide ratificarlo con una receta que no presenta ninguna variación respecto a la “original”. Como si en nuestros días solo se pudieran producir obras pictóricas renacentistas.
Jamie, cuyo uso desenfadado y creativo de los alimentos le es característico, paradójicamente descubre una sociedad bastante cerrada, la italiana, que le frustra una vez tras otra, cada intento de sorprenderles con nuevas reinterpretaciones de sus recetas autóctonas. A mediados de la serie, éste se ve obligado a irse limitando a ejecutar tales recetas de forma tradicional, a expensas de su creatividad, y con el fin de cessar la críticas que va recibiendo. También se encuentra con el cliché de la inigualable calidad de la cocina de las mamas. Tópico identitàrio, que quién sabe si habrá servido a la a veces retrograda sociedad masculina italiana, para mantener a la mujer apartada de los ámbitos de decisión. Sólo debemos recordar la opinión que lanzó Berlusconi a principios de este curso, sobre una ministra de su propio partido.
Esa visión ultra tradicionalista, se va descubriendo y verificando a lo largo de toda la série, pero es en el capitulo final, cuando en la última cena con todas las gentes que ha ido conociendo, decide ratificarlo con una receta que no presenta ninguna variación respecto a la “original”. Como si en nuestros días solo se pudieran producir obras pictóricas renacentistas.
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